La idea no era tan descabellada. Hace tan solo unos meses el actor hacía pública su renuncia a raíz de haberle sido diagnosticado un desorden del habla llamado “afasia”.

Vender sus derechos de imagen para seguir “apareciendo” en películas mientras descansa en una playa del Caribe, podría haber sido una opción más que válida.

De hecho, el origen del rumor se lo debemos a que Deepcake, una empresa dedicada a esta tecnología, ha utilizado la cara de Bruce Willis para un anuncio de Megafon, una compañía de telecomunicaciones:

Ok, no ha “vendido” su cara para que aparezca en cualquier película dispuesta a pagar el peaje, pero esto ya nos parece un montón. Ceder tu imagen como actor para una marca o iniciativa es más viejo que andar a pie, por lo que si el deepfake se comienza a normalizar en acciones publicitarias nos acostumbraremos rápido. Porque seamos honestos, no necesitamos las mejores dotes interpretativas de Zendaya para vendernos el perfume de estas navidades, no estamos comprando eso.

En cambio, en el cine sí presenta un problema ético y es que un actor o actriz es mucho más que su cara: es el tono de voz que escoge para transmitir una emoción, su lenguaje corporal y en general su capacidad para hacernos creer que nos hemos colado en la vida privada de un desconocido.

Por este motivo es más probable que el deepfake no vaya a normalizarse en el séptimo arte. Más aún si aún hay grandes pesos de la industria que continúan mirando con recelo la presencia en un festival de cine de una película producida por Netflix o criticando blockbusters por haber sido rodados en su mayoría en un croma (como si eso no requiriera talento y habilidad).

¿Eso quiere decir que el deepfake no tiene puerta de entrada en el cine?

Por supuesto que no, de hecho, ya hemos visto ejemplos de su uso de manera justificada en una serie de cierta saga del espacio… Un momento puro fanservice del que no nos oirás quejarnos y que no habría sido posible sin el deepfake.